EL POSITIVISMO PENAL EVOLUCIONISTA-MATERIALISTA.

Publicado: octubre 21, 2014 en INFORMACION DOCTRINAL
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Cesare Lombroso nació en Verona el 6 de noviembre de 1835, en el seno de una familia hebrea. Estudió en Padua, en Pavía y en Viena, y en 1858 obtuvo el doctorado en medicina en Génova, incorporándose al ejército. Ya había hecho algunos estudios sobre el mal de la pelagra y en 1863 comenzó a explicar medicina legal en Pavía, publicando algunos trabajos sobre la alienación mental.

Por esos años publicó otros trabajos y tradujo la obra “La circulación de la vida” de Moleschott. Lombroso había conocido a Moleschott cuando éste se vio obligado a ir a Torino a dar clases, y allí tradujo su obra. Moleschott era un fisiólogo holandés, partidario del monismo materialista radical, que afirmaba que “el hombre es lo que come”. Esta obra y la influencia de Moleschott sobre Lombroso serán de gran importancia. Volvió a interesarse por el problema de la pelagra, enfermedad endémica del norte de Italia, respecto de la cual Lombroso hizo importantes investigaciones, continuando también con sus investigaciones psiquiátricas, hasta que en 1876 se publica en Milán primera edición del famoso trabajo “El hombre delincuente”, que seguirá ampliando en sucesivas ediciones y también cambiando algunos puntos de vista, particularmente por influjo de Ferri y del menos amistoso de los franceses (Manouvrier, en el Congreso de París de 1880). Se orientó también al estudio de las relaciones entre genio y locura, lo que le valió serias polémicas. En colaboración con su yerno –Guglielmo Ferrero, que sería el autor de la famosa historia de Roma publicó “La mujer delincuente”. A partir aproximadamente de 1890, Lombroso siguió infatigablemente sus labores de cátedra y de manicomio y se dedicó a una heterogénea e increíble cantidad de estudios e investigaciones, que van desde ‘la barbarie china” hasta los orígenes de la arquitectura gótica, desde el antisemitismo hasta el peligro amarillo y el patriotismo, sin excluir el espiritismo, al que se mostró inclinado en sus últimos años.

Como puede observarse, Lombroso fue un científico, pero fue por sobre todo un hombre genial y de una gran inquietud intelectual. Probablemente, este exceso de inquietud fue el que le ganó las más duras críticas, debido a sus frecuentes generalizaciones, en ocasiones harto apresuradas. Sin embargo, tuvo el mérito de lanzar al mundo una problemática, cuyo planteamiento nunca se había hecho en bloque, echando con ello las bases de la criminología, tal como la conocemos hoy. Landecho afirma que la personalidad humana de Lombroso se proyecta hacia lo científico, haciendo de él “un investigador intuitivo hasta lo genial, pero falto de crítica hasta desesperar a sus mejores amigos”. Murió a los setenta y cuatro años de edad en Torino, el 18 de octubre de 1909 132.

El eje de la teoría lombrosiana lo constituye su obra “El hombre delincuente”. Lombroso se planteó la necesidad de encarar el problema de la criminalidad desde un punto de vista diferente al seguido hasta entonces y, ante el auge de las disciplinas naturalísticas, decidió enfocar el estudio del delincuente aplicando estos conocimientos (anatómicos, fisiológicos, etc.). De este modo, llegó primero a la conclusión de que es imposible trazar una neta separación entre locura y delincuencia, derivando de allí que la forma de combatir a la delincuencia no es el estudio abstracto del delito, sino el concreto del delincuente. En base a sus observaciones, afirmó haber descubierto una categoría de “delincuente natos”, que presentan características que son reconocibles somáticamente, y cuya tendencia obedece a caracteres atávicos.

El reconocimiento somático de caracteres criminales fue un camino ensayado desde antiguo. El siciliano Tommaso Natale (1733-1849) parece haber sido un importante antecedente del biologismo criminal, aunque el más inmediato a Lombroso es la “frenología” de Gall”; pero la característica más importante del pensamiento lombrosiano consistió en injertar todas estas observaciones, enriquecidas con las que él mismo había reunido con gran agudeza clínica, en una teoría general que siguió el camino trazado por el evolucionismo darwiniano.

Lombroso encontró en el cráneo de un viejo delincuente habitual, una “fosita occipital media”, y otras malformaciones menores, que remedan las formaciones craneanas de algunos mamíferos. Por esos años, circulaba una teoría, enunciada por Haeckel, que sostenía que la “ontogenia resume la filogenia”, es decir, que el desarrollo del embrión en el seno materno sintetiza la evolución que ha seguido la especie. Si asociamos ambas cosas, inmediatamente surge que la criminalidad “nata” obedece a una detención del desarrollo embrionario en un estado inferior al que debe alcanzar el ser humano.

Esta teoría de la delincuencia atávica tuvo gran repercusión y se siguió sosteniendo aun cuando ya se había disipado la ilusión de poder reconocer somáticamente al criminal “nato”, que era la pretensión última que perseguían los estudios de Lombroso La teoría se siguió sosteniendo a nivel profano, entendiendo que la reacción criminal era propia de hombres primitivos. Los posteriores estudios antropológicos desmintieron totalmente tales afirmaciones.

Lombroso se percató prestamente de la insuficiencia de su afirmación en el atavismo y fue admitiendo otras categorías de delincuentes. Fue así como recomió al ‘loco moral”, que es un concepto próximo a ciertas caracterizaciones contemporáneas de la personalidad psicopática y del que en cierta forma ya había hablado Pritchard. Reconoció la epilepsia “larvada”, a partir de un caso de homicidio múltiple cometido por un soldado epiléptico. Admitió en su clasificación al “delincuente de ímpetu”, al delincuente loco y al delincuente ocasional. Con la admisión del delincuente ocasional, dio entrada a muchas consideraciones sociales, aceptando la crítica que a su primitivo determinismo biológico le formulara Ferri  y los franceses. Con la admisión de estas categorías, Lombroso enuncia una clasificación de los delincuentes, que inicia una larga serie de las mismas, que habrá de ser común en todos los autores positivistas Estas clasificaciones son el antecedente de las modernas tipologías criminológicas y, por otro lado, de la versión patológica de las mismas, en los tristemente célebres “tipos de autor”.

También Lombroso incursionó en la problemática de la delincuencia femenina, concluyendo en que la mujer es tanto física como intelectualmente inferior al hombre y que la prostitución es un equivalente del delito en la mujer.

A lo largo de estas observaciones, las posiciones de Lombroso fueron rectificadas por él mismo. El curso central de su pensamiento acerca del delito puede resumirse -siguiendo a su mejor estudioso contemporáneo- de la siguiente manera: “En la teoría criminogenética intuye emocionalmente desde sus primeros años el origen morboso del delito; y aunque los vaivenes de su actividad científica le llevan a afirmar durante un decenio la primacía absoluta de la teoría atávica, vuelve luego a su primitiva concepción morbosa de la criminogénesis, gracias a las identificaciones sucesivas del delincuente nato con el loco moral y el epiléptico”. “Lo mismo sucede en la tipificación delincuencial, donde a partir de un primer estadio de indistinción, pasa por un segundo de eliminación de los delincuentes no congénitos, para terminar luego por aglutinarlos todos alrededor del delincuente nato, como degradaciones sucesivas de la potencia delincuencial del mismo, tendencia que tiene su origen común en la epilepsia”. “También engloba a los factores exógenos del delito en su cerrada síntesis. Tienen dichos factores para nuestro autor el mero papel de excitantes o inhibidores de la tendencia criminal. Por ello podrá suceder que un delincuente nato y por lo mismo con el máximo de tendencia delictiva, quede latente; o que un delincuente ocasional, que por tanto presenta el mínimo de potencia delincuencial innata, se convierta en habitual e incorregible, por lo que en su estadio final en poco se diferenciará del nato”.

Lombroso, en su investigación, consagró un método, consistente en la “observación a toda costa de los hechos” , echando con ello las bases de la “antropología criminal”, por lo que bien merece ser considerado el padre de la criminología. Si las teorías de Galeno han perdido su vigencia, no puede decirse lo mismo de la medicina. Este fue el gran mérito de Lombroso: llamar la atención hacia el estudio sistemático del delincuente, lo que huta entonces se había llevado a cabo solo parcial y asistemáticamente.

 Eugenio R Zaffaroni. Tratado De Derecho Penal Tomo II. Editorial Ediar,  Pág. 199-206.

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