EL POSITIVISMO UTILITARIO: BENTHAM

Publicado: noviembre 24, 2014 en INFORMACION DOCTRINAL
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El positivismo utilitario: Bentham

Jeremy Bentham nació en Londres el 4 de febrero de 1748 y murió el 6 de junio de 1832. Fue un filántropo que dedicó su vida a la reforma de la legislación inglesa, habiendo tenido tanta influencia en el campo procesal como en el penal mismo. Sus ideas las comunicaba a otros gobiernos, lo que le valió el título de ciudadano francés, otorgado por la Convención. La máxima de toda su acción fue ‘la mayor felicidad pasible para el mayor número posible”, principia que logró arraigar profundamente en la ética inglesa. En 1789 publicó una obra titulada Introducción  a los principios de la moral y de la legislación, que en 1802 fue publicada parcialmente en francés por Dumond, con el título Traité de legislation civile et pénale, junto con otros escritos inéditos de Bentham. El mismo Dumond publicó luego la Teoría de las penas y de las recompensas, extraída de manuscritos de Bentham de 1775 y de algunos posteriores. John Suart Mill publicó por primera vez su obra completa en materia procesal en ingles en cinco volúmenes en 1827: Rationale of judicial evidence, specially applied to english practice. En 1787 publicó su Defensa de la usura, que marcó un importante criterio para el pensamiento penal inglés en la materia. El pensamiento de Bentham ha ejercido gran influencia en la jurisprudencia anglosajona y no poca sobre los redactores del Code Napoleón. En la nota introductoria a su gran discurso, pronunciado en 1828 en la Cámara de los Comunes, Brouhham dijo que “la era de la reforma legal y la era de Bentham son una y la misma cosa”. Bentham llevó su utilitarismo hasta el extremo de donar su cadáver a la facultad de medicina.

Afirmaba Bentham que el “bienestar público debe ser el objeto de la legislación”, la utilidad general debe ser el principio del razonamiento en legislación. A este principio de utilidad general opone el que llama “principio del ascetismo”, sostenido por los que sienten horror y que consideran odioso o criminal todo lo que halaga los sentidos. En igual plano, opuesto a su principio de utilidad, coloca el principio arbitrario o “principio de simpatía y antipatía”, que consiste en “aprobar o rechazar por sentimiento”, “sin admitir otra razón para ese juicio, que el juicio mismo”. El sostenido principio de utilidad está necesitado de un criterio de utilidad, que Bentham halla en la propiedad que algo tiene para provocar un placer o para evitar un dolor. Para Bentham el placer y el dolor son los dos polos sobre los que construye toda una teoría moral que pretende hacer de ésta una ciencia exacta, toda vez que se puede cuantificar con exactitud la cantidad de placer y de dolor.

La utilidad pública es concebida por Bentham como la suma de las felicidades individuales. Conforme a este criterio, afirma que el principio de la utilidad nunca fue bien manejado en la legislación, sino que solo ocasionalmente aparece junto al de arbitrariedad. De allí que el criterio para erigir una acción en delito, hayan sido los prejuicios, las opiniones, y las costumbres. Por su parte, este criterio, según el cual decide qué acciones han de ser delito, lo finca a partir de la comparación entre la cantidad de placer que un acto proporciona a su autor y la cantidad de mal que del mismo acto se deriva para la parte lesionada.

Conforme al mismo criterio utilitarista, si bien reconoce que la pena es un mal, la única utilidad que encuentra a la misma es que se traduce en la “prevención particular, que se aplica al delincuente individual, y la prevención general, que se aplica a todos los miembros de la comunidad, sin excepción”.

Las consecuencias que tiene el utilitarismo en cuanto a su distinción entre moral y derecho son sorprendentes: “La moral, en general, es el arte de dirigir las acciones de los hombres de manera de producir la más grande cantidad posible de bienestar”. “La legislación debe tener precisamente ese objetivo”. En otras palabras: la moral y la legislación tienen la misma finalidad. Para Bentham la diferencia no radica en una cuestión de fines, sino en una cuestión de cantidad: el ámbito de la moral es más amplio que el de la legislación. Ello obedece a que, en los casos que quedan reservados solamente a la moral, la pena, que es el único medio por el que la ley puede influir directamente sobre la conducta de los  hombres, causaría un mal -Consistente en la alarma social-más grave que el mal que con ella se quiere prevenir. La otra razón, encontrada por Bentham para establecer esta diferencia cuantitativa entre moral y legislación, es que los vicios morales son muy difíciles de tipificar y ello causaría inseguridad jurídica.

Conforme a esta distinción, Bentham se ve obligado a reparar de preferencia en el mal que el delito ha causado, a decir, en su aspecto objetivo, reduciendo a un segundo piano su aspecto subjetivo. Para el pensador inglés, la, subjetividad del delito es solo una medida que interesa a la alarma social: el delito intencional causa una mayor alma social que el culposo, siendo ella una medida del daño, por lo que debe ser más penado.

Si bien es cierto que Bentham resulta claro en múltiples aspectos -como puede ser la utilidad de la pena- ésta, por sí sola, no puede ser el fundamento de toda la moral y de cualquier derecho de punir, pues se trata de un concepto hueco, rellenado con un hedonismo bastante difuso. El placer y su grado es un concepto bastante subjetivo. Para rellenar la teoría de Bentham se requiere un cartabón objetivo: el placer que a Bentham le produciría un cuadro de Picasso, probablemente fuese muy escaso. En Último análisis, el hedonismo no puede prescindir de una valoración objetiva: hay que fijar lo que puede producir placer y asignarle un grado de placer, como paso previo para saber si es digno de tutelarse con una conminación penal, e individualizar el grado de dolor que la misma debe importar. ¿Qué criterio nos ofrece Bentham para esta individualización? Ninguno, por cierto, salvo su buen sentido, que a veces no podemos compartir a un siglo y medio de distancia. Piénsese, por ejemplo, en su observación acerca de la pena de flagelación, en la que había observado que el mayor o menor grado de dolor quedaba librado a la voluntad del ejecutor y, para eliminar esta desigualdad, proponía la construcción de una máquina cilíndrica, debiendo establecer el juez el número de vueltas. En el fondo, el “placer” con que rellena Bentham su hedonismo penal, es el placer de la burguesía de su tiempo y esa es la escala de valores que quiere convertir en una moral exacta, matemática, igual a la geometría.

Eugenio R Zaffaroni. Tratado De Derecho Penal Tomo II. Editorial Ediar,  Pág. 193-196.

 

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